¿Alguna vez os ha pasado que, justo antes de iros a dormir, os habéis quedado un buen rato mirando a la nada y todo aquello que no habíais pensado hasta ese mismo momento, comienza a amontonarse todo en vuestras mentes? Las respuestas que podríais haber dado, lo que deberíais haberos callado, lo que podríais haber hecho, lo que no debisteis hacer, los gestos que podríais haber mostrado y aquellos que no debisteis dibujar siquiera...
A mí, sinceramente, me pasa cada noche, justo en el instante en que me acuesto en la cama. Es un dato curioso, porque haga lo que haga, siempre hay algo que me reprocho cada día, sin excepción, como si cualquier cosa que escogiese hacer, fuera incorrecta. Y es que, pienso que los humanos somos tan indecisos porque en vez de realizar las cosas que pensamos, primero reflexionamos sobre las consecuencias que conllevaría cada acción. Eso sí, no digo que eso tenga nada de malo, de hecho, lo veo correcto, ya que así no tendríamos por qué perjudicar a nadie sin ser conscientes de ello. Sin embargo, a veces creo que nos excedemos demasiado meditando estas cosas.
Cada noche que pasa, un nuevo reproche se instaura en mi cabeza y me imagino qué hubiese ocurrido si hubiera hecho lo que en ese instante estaba pensando, aunque obviamente, no llego a ser capaz de recrear la situación por el hecho de que no sabría con certeza qué reacción hubiera tenido la otra persona.
Debido a esto, últimamente, de tanto pensar en qué debí o no hacer y en la incógnita de la reacción del otro individuo, sueño justamente con lo mismo que he hecho a lo largo del día, pero escogiendo aquellas opciones que considero verdaderamente correctas. Aunque claro está, mi mente lo acomoda de tal forma que siempre acaba en un final feliz o, simplemente, en un sueño que termina siendo interrumpido por el despertador. Muchas de las mañanas me pregunto cuál de las dos versiones es la real, pero tras pensarlo un momento, me doy cuenta que los finales felices muy pocas veces son verdad.
Volviendo al tema inicial, no importa si ese día no he hecho nada de lo que reprocharme. Por la noche, siempre me vendrá a la cabeza alguna incógnita que me haga pensar que podría haber reaccionado mejor.
Cada día que pasa, siento que el vaso que he estado llenando sin darme cuenta, al guardarme cosas que me gustaría decir o hacer, puede llegar a desbordarse en cualquier momento. Y es que, de lo emocional que puedo llegar a ser, llego a hacerme daño a mí misma inconscientemente, escondiendo mis sentimientos por miedo a que me hagan daño.