Este año, en parte debido a todo lo que ha pasado, como regalo de
cumpleaños, he decidido escribir una carta a todas y cada una de las personas que,
ya sea por una cosa o por otra, considero importantes o valiosas para mí.
La verdad es que ya tenía pensado hacerlo en años anteriores, pero al final, por pereza, vergüenza... o por cualquier otra excusa que se me plantease en la cabeza, acababa echándome atrás.
Sin embargo, este año, tras haber estado viviendo una temporada en Madrid, lejos de todo el mundo (agravado por el tema de la cuarentena), me he dado cuenta de que llevo mucho tiempo guardándome lo que realmente siento por cada una de esas personas de las que, como te habrás dado cuenta, formas parte evidentemente.
Me disculpo de antemano si me extiendo demasiado, pero me es inevitable. Cuando empiezo a escribir, las palabras corren como tinta derramada sobre el papel y acabo perdiendo la noción del tiempo.
La verdad es que no suelo ser tan... directa con mis sentimientos, o al menos no es que sea mi especialidad expresarlos. Y, bueno, seamos sinceros, soy muy torpe para siquiera intentar dar un abrazo o mostrar cualquier gesto de afecto a quien sea. Siempre dudo y me avergüenzo de tan solo pensarlo, ya sean palabras o gestos.
En mi imaginación, me lanzo y me siento súper feliz de hacerlo sin más, sin tener que pensar tanto, recibiendo una sonrisa como respuesta y sonriendo yo de vuelta como una niña pequeña. Pero en la vida real, mi principal temor es incomodar a la otra persona y que, a lo mejor, esa persona no se sienta tan unida a mí como yo pienso.
Quizás es por eso que este regalo me es tan conveniente. Porque puedo expresarme tal y como quiero hacerlo, y no siento ese miedo atroz envolviéndome por completo.
Tras esta breve introducción, espero de veras que esta carta haya valido la
pena, aunque sea para expresar lo que realmente siento.
Esta es una de esas cartas que, hoy, va dirigida a ti.
Para serte sincera, desde que empezó todo esto de la cuarentena, he empezado a echarte mucho más de menos de lo que ya lo hacía cada uno de los días que he pasado sin verte.
Desde que me vine a Madrid, sabía que no iba a ser nada fácil, después de todo, era evidente que no podría abrazarte cada vez que lo necesitase. Sabía que iba a ser duro extrañarte y no poder dormir a tu lado cuando quisiese. Lo sabía. Pero quería ser valiente, quería ser independiente. Quería poder aclarar mis ideas y averiguar lo que realmente me gustaría hacer en la vida. Quería probar a ver qué sucedía y si mis expectativas de lo que podía llegar a conseguir eran ciertas.
Llegado a cierto punto, podría decirse que lo conseguí. Encontré un trabajo en el que me sentía a gusto, tenía compañeros agradables y me sentía realizada. Sin embargo, me faltabas tú.
Cuando viniste en navidades, estuve a punto de llorar nada más verte. No me lo esperaba para nada y, antes de aquello, me sentía un tanto triste por pensar que no podríamos pasar nuestro aniversario o navidades juntos. En cuanto escuché tu voz, mi cuerpo entero gritó de alegría y, en cuanto me giré, se me disparó el corazón.
Aún me arrepiento de no haber ido a Toledo contigo para celebrar nuestro aniversario, o de ir a más sitios juntos, pero yo lo único que quería era poder tenerte entre mis brazos el mayor tiempo posible antes de que te fueses.
Los días que estuviste con nosotros me sentaron como una brisa de aire fresco y, al mismo tiempo, tu partida me destrozó por completo.
Me despedí de ti tan bien como pude, pero en cuanto me di la vuelta y empecé a bajar hacia la planta baja de la estación de Atocha, las lágrimas se sucedieron sin cesar. Tuve que apartarme en varias ocasiones del gentío para que no me viesen llorar y para intentar tranquilizarme. Sin embargo, en cuanto llegué a casa, volví a entrar en llanto sin poder evitarlo.
En febrero fui yo la que intentó darte una sorpresa y, aunque tu reacción me pareciera demasiado tranquila en un principio, al final se me hizo un tanto cómica.
La semana que estuve allí fue... bastante deprimente, pero por suerte me pude quedar a dormir en tu casa en varias ocasiones para no tener que pensar más de la cuenta en todo lo que estaba pasando.
Como siempre, fuiste mi único apoyo y con el único que pude desahogarme de verdad.
Ojalá hubiese firmado antes el finiquito y no me hubiese tenido que ir. De haber sido así, no estaría en la situación en la que estoy ahora.
Ojalá hubiese comprado el billete de tren para días antes u ojalá no hubiese escuchado lo que decían mis padres y mi hermano y hubiese cogido ese maldito tren.
Pero bueno, lo hecho, hecho está y ya no hay nada que se pueda hacer, al menos hasta que termine la cuarentena.
Me hubiese gustado haberte dado el regalo, el dibujo y esta carta en persona, pero dados los acontecimientos, me es imposible.
Mientras tanto, al menos, puedo agradecer a mi yo del pasado por haberse traído la chaqueta que me prestaste a Madrid. He de confesar que me siento un poco mejor teniéndola, e incluso algunas veces me la pongo para poder dormir más tranquila.
A pesar de todo lo que está pasando y a pesar de que no podamos vernos, espero sinceramente que puedas llegar a pasártelo lo mejor posible en este día tan especial, porque realmente te lo mereces. Eso y mucho más.
Feliz cumpleaños, Jesús.
Te quiere, Carmen.