¡Muy buenas a todos/as!

Mi nombre real es Carmen María, pero podéis llamarme simplemente Camely, dado que ese es el apodo que he elegido para hacerme conocer en las redes.

Siempre he utilizado los blogs para escribir mis novelas, pero esta vez quería hacer algo distinto: Un diario. No soy de esas típicas chicas que apuntan cualquier tontería en ellos. Prefiero apuntar lo que pienso, lo que siento y todos aquellos sueños que me gustaría cumplir.

Llevo pensando en este proyecto desde hace mucho tiempo, pero hasta ahora no me he atrevido a hacerlo realidad. Expresar y explicar vivencias a desconocidos es algo que me aterroriza, pero si así puedo ayudar a más personas a que no pasen por lo mismo o, por el contrario, a sentirme mejor, entonces no veo por qué no hacerlo.

Sé que un diario normalmente es para escribir todos los días. NORMALMENTE. Pero solo escribiré cuando lo vea necesario.

Bueno, sin más me despido y gracias por leer esta pequeña introducción. ¡Un saludo!

domingo, 9 de agosto de 2020

Ansiedad

¿No os ha pasado alguna vez que, después de mucho pensar, sentís que no avanzáis? ¿Que percibís que todo el mundo a vuestro alrededor consigue progresar y alcanzar sus objetivos, mientras que vosotros estáis completamente atascados hagáis lo que hagáis? Y, sobre todo, ¿tener esa sensación de saber que os estáis ahogando en un vaso de agua, pero no poder detener las lágrimas y los sollozos?

Esa es la sensación que noto ahora mismo.

Complejos, pesimismo, ¿victimismo? Envidia. Todos esos sentimientos corren por mis venas como si de sangre estuviésemos hablando, y el solo notarlos me corroen por dentro, haciendo que me quiera abofetear para poder despertar de una vez de esta maldita pesadilla. Me siento estúpida, inútil, torpe... y cada vez que pienso en las gilipolleces que se me pasan por la cabeza, más rabia me da ser como soy.

Quiero avanzar, quiero dedicarme a lo que me gusta, quiero ser productiva y sentirme realizada, pero antes de siquiera ponerme a ello, mi cabeza ya empieza a dar vueltas y a ponerme trabas.

Para seros sincera, siempre he sentido que, aunque me llamen la atención muchas cosas, nada se me da bien realmente, y lo único que más o menos siento que se me da medianamente bien, no tiene salida prácticamente o debo tener una suerte monumental para que la tenga.

Desde hace varios años, en mi cabeza está la idea de poder dedicarme a escribir de alguna u otra forma, pero ahora, cada vez que me lo planteo siquiera, más imposible acaba pareciéndome.

Hace un tiempo, comencé a escribir lo que supuestamente sería un libro o, más bien, una novela, pero después de planear gran parte de los personajes, un poco la trama, apuntar diálogos, sucesos importantes, situaciones graciosas, hacer un prólogo y escribir un primer capítulo..., me estanqué.

Repasé cada una de las cosas que había hecho y las que tenía planeado hacer, y de repente, hubo un clic en mi interior. Desde entonces, toda la motivación y el ánimo que sentía por la historia se la llevó una repentina ráfaga de viento de poniente, dejando frías mis manos, un nudo en la garganta y helado el corazón.

¿Quién leería algo semejante? ¿Quién compraría un ejemplar de una historia tan banal? ¿A quién le interesaría siquiera pararse a ver la portada de ese libro en medio de una tienda llena de historias increíbles y mundos por descubrir? Era ridículo tan solo pensarlo.

Cerré aquella puerta sin pensármelo dos veces y me centré en buscar algo que "realmente" mereciese la pena y pudiese ayudarme a progresar. Me marché de mi pueblo y encontré un trabajo. Me sentí bien durante un tiempo a pesar de tener unos horarios algo variantes, pero el contrato finalizó en un abrir y cerrar de ojos y, de nuevo, me encontré en la calle. La pandemia desató el caos y mis posibilidades de encontrar un nuevo trabajo se redujeron nuevamente a cero. Me llevé meses en una ciudad que no sentía que fuese mi hogar, lejos de mi familia, de mis amigos y de mi pareja y sentí que el mundo se me venía abajo de nuevo.

Nada más anunciar que terminaba el confinamiento, volví al lugar que realmente consideraba mi casa y retomé el trabajo que tuve antes de marcharme, ayudando a mi padre en su tienda y, con el tiempo, volví a sentirme como al principio. Nada de lo que hacía me servía para nada y nada de lo que hacía iba a darme una estabilidad o la tranquilidad que necesitaba. No me sentía realizada.

Aquella, dio la casualidad, que fue una de las noches que quedé con mi novio. Empezamos a hablar de banalidades y, al final, acabé llorando a lágrima viva diciéndole todo lo que sentía. Me consoló, me aconsejó y al final acabó arrancándome una risa entre lágrimas, como siempre hace.

Al día siguiente, me preguntó qué era lo que realmente quería hacer, qué era a lo que quería dedicarme realmente y le dije que quería escribir, que era lo único que sentía que me gustaba hacer de verdad, que era lo que me ayudaba a seguir adelante pasase lo que pasase y que sentía que podía hacer bien de verdad.

Al final, acabé decidiendo volver a llamar a esa puerta que tantos meses atrás había cerrado, pero tras entreabrirla y vislumbrar nuevamente la oscuridad en su interior, mis manos temblorosas se alejaron del pomo y mi corazón volvió a resquebrajarse de nuevo.

La puerta está abierta, pero la tenue y cálida luz que antes emanaba de ella, se había consumido cual vela.

Hoy, tras quedar con unos amigos y hablar de nuestras vidas, he vuelto a recaer. Mis dudas, mis complejos, mis inseguridades, mi pesimismo y mi envidia han vuelto a hacer de la suyas.

Tenía pensado que, al volver, abriría la puerta de par en par y me tiraría al abismo sin pensármelo, importándome bien poco si había un trampolín al final del mismo con el que impulsarme o únicamente un contundente asfalto con el que chocarme, pero al regresar, lo único que he podido llegar a hacer ha sido contemplar aquella maldita puerta desde la lejanía, atemorizada en un rincón por la oscuridad que albergaba su interior, sin tan siquiera percatarme del pequeño e imperceptible vestigio de luz que, a lo lejos, comenzaba a centellear con timidez.

miércoles, 3 de junio de 2020

Noche en vela

En momentos como este, en plena noche, mi cabeza no deja de dar vueltas quitándome el sueño y mis ojos se ven obligados a quedarse en un punto fijo del techo.

Hay veces que simplemente recuerdo situaciones del pasado, ya sean buenos o malos recuerdos, y depende de eso, paso a otro pensamiento sin quererlo o acabo enfocándome más de la cuenta en ello.

Pienso en, si hubiese tenido la madurez que tengo ahora, cómo habría manejado ciertos instantes de mi vida y el cómo eso hubiese cambiado absolutamente todo. Algunas veces, me da miedo pensar en ello y otras veces simplemente siento curiosidad.

¿Qué hubiese pasado si hubiese dicho esto? ¿Y si hubiese hecho tal cosa? ¿Y si no hubiese reaccionado de tal manera?

Después, cuando estos pensamientos se diluyen, pienso en mi futuro y, a veces, me siento un poco... decepcionada conmigo misma por no haber aprovechado el tiempo que ha pasado y no haberme arriesgado más. Hacer locuras y divertirme, importándome bien poco o incluso nada lo que la gente pensara de mí.

Tal vez todo esto sea a causa de la cuarentena, o debido a que llevo demasiado tiempo sin verte, pero son cosas que se me vienen a la cabeza y me da cierta rabia pensar.

Sin embargo, después de meditarlo un poco, rememoro todos los momentos que he vivido contigo, todas las risas, las lágrimas, las charlas, las emociones... Y es en ese momento en el que dejo de pensar en todo.

Sonrío, con los ojos llorosos y el corazón en un puño, y cierro finalmente los ojos con la esperanza de que, en mis sueños, pueda volver a verte una vez más. 

jueves, 2 de abril de 2020

02-04-2020

Este año, en parte debido a todo lo que ha pasado, como regalo de cumpleaños, he decidido escribir una carta a todas y cada una de las personas que, ya sea por una cosa o por otra, considero importantes o valiosas para mí.

La verdad es que ya tenía pensado hacerlo en años anteriores, pero al final, por pereza, vergüenza... o por cualquier otra excusa que se me plantease en la cabeza, acababa echándome atrás.

Sin embargo, este año, tras haber estado viviendo una temporada en Madrid, lejos de todo el mundo (agravado por el tema de la cuarentena), me he dado cuenta de que llevo mucho tiempo guardándome lo que realmente siento por cada una de esas personas de las que, como te habrás dado cuenta, formas parte evidentemente.

Me disculpo de antemano si me extiendo demasiado, pero me es inevitable. Cuando empiezo a escribir, las palabras corren como tinta derramada sobre el papel y acabo perdiendo la noción del tiempo.

La verdad es que no suelo ser tan... directa con mis sentimientos, o al menos no es que sea mi especialidad expresarlos. Y, bueno, seamos sinceros, soy muy torpe para siquiera intentar dar un abrazo o mostrar cualquier gesto de afecto a quien sea. Siempre dudo y me avergüenzo de tan solo pensarlo, ya sean palabras o gestos.

En mi imaginación, me lanzo y me siento súper feliz de hacerlo sin más, sin tener que pensar tanto, recibiendo una sonrisa como respuesta y sonriendo yo de vuelta como una niña pequeña. Pero en la vida real, mi principal temor es incomodar a la otra persona y que, a lo mejor, esa persona no se sienta tan unida a mí como yo pienso.

Quizás es por eso que este regalo me es tan conveniente. Porque puedo expresarme tal y como quiero hacerlo, y no siento ese miedo atroz envolviéndome por completo.

Tras esta breve introducción, espero de veras que esta carta haya valido la pena, aunque sea para expresar lo que realmente siento.

Esta es una de esas cartas que, hoy, va dirigida a ti.

 Para serte sincera, desde que empezó todo esto de la cuarentena, he empezado a echarte mucho más de menos de lo que ya lo hacía cada uno de los días que he pasado sin verte.

Desde que me vine a Madrid, sabía que no iba a ser nada fácil, después de todo, era evidente que no podría abrazarte cada vez que lo necesitase. Sabía que iba a ser duro extrañarte y no poder dormir a tu lado cuando quisiese. Lo sabía. Pero quería ser valiente, quería ser independiente. Quería poder aclarar mis ideas y averiguar lo que realmente me gustaría hacer en la vida. Quería probar a ver qué sucedía y si mis expectativas de lo que podía llegar a conseguir eran ciertas.

Llegado a cierto punto, podría decirse que lo conseguí. Encontré un trabajo en el que me sentía a gusto, tenía compañeros agradables y me sentía realizada. Sin embargo, me faltabas tú.

Cuando viniste en navidades, estuve a punto de llorar nada más verte. No me lo esperaba para nada y, antes de aquello, me sentía un tanto triste por pensar que no podríamos pasar nuestro aniversario o navidades juntos. En cuanto escuché tu voz, mi cuerpo entero gritó de alegría y, en cuanto me giré, se me disparó el corazón.

Aún me arrepiento de no haber ido a Toledo contigo para celebrar nuestro aniversario, o de ir a más sitios juntos, pero yo lo único que quería era poder tenerte entre mis brazos el mayor tiempo posible antes de que te fueses.

Los días que estuviste con nosotros me sentaron como una brisa de aire fresco y, al mismo tiempo, tu partida me destrozó por completo.

Me despedí de ti tan bien como pude, pero en cuanto me di la vuelta y empecé a bajar hacia la planta baja de la estación de Atocha, las lágrimas se sucedieron sin cesar. Tuve que apartarme en varias ocasiones del gentío para que no me viesen llorar y para intentar tranquilizarme. Sin embargo, en cuanto llegué a casa, volví a entrar en llanto sin poder evitarlo.

En febrero fui yo la que intentó darte una sorpresa y, aunque tu reacción me pareciera demasiado tranquila en un principio, al final se me hizo un tanto cómica.

La semana que estuve allí fue... bastante deprimente, pero por suerte me pude quedar a dormir en tu casa en varias ocasiones para no tener que pensar más de la cuenta en todo lo que estaba pasando.

Como siempre, fuiste mi único apoyo y con el único que pude desahogarme de verdad.

Ojalá hubiese firmado antes el finiquito y no me hubiese tenido que ir. De haber sido así, no estaría en la situación en la que estoy ahora.

Ojalá hubiese comprado el billete de tren para días antes u ojalá no hubiese escuchado lo que decían mis padres y mi hermano y hubiese cogido ese maldito tren.

Pero bueno, lo hecho, hecho está y ya no hay nada que se pueda hacer, al menos hasta que termine la cuarentena.

Me hubiese gustado haberte dado el regalo, el dibujo y esta carta en persona, pero dados los acontecimientos, me es imposible.

Mientras tanto, al menos, puedo agradecer a mi yo del pasado por haberse traído la chaqueta que me prestaste a Madrid. He de confesar que me siento un poco mejor teniéndola, e incluso algunas veces me la pongo para poder dormir más tranquila.

A pesar de todo lo que está pasando y a pesar de que no podamos vernos, espero sinceramente que puedas llegar a pasártelo lo mejor posible en este día tan especial, porque realmente te lo mereces. Eso y mucho más.

Feliz cumpleaños, Jesús.

Te quiere, Carmen.

 

 

viernes, 29 de marzo de 2019

Amistades

     Amistades. Últimamente no paro de pensar en este concepto y en el número de relaciones que a día de hoy mantengo. Este año sabático me está dando mucho en qué pensar y, para seros sincera, he tenido varios bajones de ánimo debido a los incesantes quebraderos de cabeza a los que, inconscientemente, me he terminado sometiendo, y lo cierto es que este tema en particular ha sido el que más me ha dado en qué pensar.

     Se supone que en cuestiones como relaciones y amistades se dice siempre que es mejor calidad que cantidad, pero ahora mismo ese número de personas supuestamente importantes para mí ha descendido tan drásticamente que no puedo evitar pensar que, con las pocas personas con las que me relaciono, me es imposible poder sentirme satisfecha. Siento que ver a los mismos 3 o 4 integrantes del grupo en el que formo parte cada 2 semanas no me es suficiente para poder rellenar la necesidad de socializarme, como si esto fuese un juego de “The Sims” y de verdad necesitase casi a diario hablar y desahogar cada uno de mis pensamientos con varias personas para poder rellenar esa endemoniada barrita de los cojones.

     Comparado a años anteriores, siento que he perdido o he dejado de hablar con muchas personas, algunas veces con razón y otras sin saber por qué, y aunque os parezca extraño, la mayoría de estas veces ha sido simplemente por la distancia o el muro inexistente que siento que hay entre los demás y yo, menospreciándome y acabando por creer que lo que diga o haga no es interesante para los demás antes de siquiera comentarles el tema del que iba a hablar, para seguidamente terminar por quedarme en blanco y quedarnos en una situación bastante incómoda al no saber cómo seguir con la conversación.

     Por una parte, nunca me han gustado los grupos grandes justamente por esta razón, pues acabo quedándome callada escuchando lo que los demás dicen, sintiendo cómo la oportunidad de hablar se me escapa de entre las manos a la misma vez de que noto cómo el pánico me va consumiendo al no saber si les interesará o no el tema del que quiero hablarles o si incluso me ignorarán o me dirán que no me entrometa en conversaciones ajenas, además de tampoco querer sentir todas las miradas en mí, siendo el centro de atención. En grupos grandes siento que me desgasto y que acabo siempre haciendo el tonto y actuando como un bufón para ganarme las risas de la gente, pues no encuentro otra manera de poder integrarme en las conversaciones sin sentirme de más.

     Luego, por otra parte, me siento más cómoda en los grupos pequeños justo porque puedo llegar a hablar de temas serios sin problemas y puedo asegurarme de en quién puedo o no confiar. El problema de esto es cuando tan solo tienes un único grupo pequeño con el que relacionarte pero que apenas ves porque es difícil que todos queden a la vez y, encima, puede llegar a tornarse la situación incómoda si solo quedas con uno de ellos en particular.

     En este momento no puedo decir que tenga un mejor amigo o amiga, porque siento que de verdad no lo tengo. Es cierto que puedo contar con mi pareja para contarle mis problemas y que este me consuele y viceversa, pero también me gustaría poder tener a alguien más con el que poder hablar de estos temas en confianza y que el otro me contase los suyos propios, apoyándonos mutuamente, pudiéndome así sentir útil e impregnándome de la vida de otros para, al menos, distraerme y dejar de pensar en la mía de manera tan pesimista.

     El problema de todo esto, además, es el que sea incapaz de relacionarme con más personas (desconocidas), ya sea por temor, incomodidad o por mi actitud asocial e introvertida que mantengo al principio, sin quererlo.

     La verdad es que tener tanto tiempo para pensar me está pasando factura, pues analizar todo esto no hace nada más que sentirme cada vez más solitaria de lo que en realidad estoy.

     Me gustaría muchísimo retomar el contacto y reavivar muchas de las amistades que se han ido perdiendo por el camino, pero a la misma vez tengo miedo de que mi actual yo no les agrade y que, a pesar de mi esfuerzo, no consiga mi cometido. Quiero volver a esforzarme para aumentar mi círculo de relaciones, pero a la misma vez no quiero volver a salir herida.

     Es extraño y frustrante todo esto, pues podría simplemente quedarme en mi “zona de confort” e intentar ignorar todos estos estúpidos pensamientos, pero siento que necesito más de lo que tengo en este momento, y el no tener entretenimiento alguno que me distraiga no mejora las cosas, la verdad.

jueves, 30 de marzo de 2017

Cansancio rutinario

     A veces tengo la sensación de que todo lo malo que me ocurre, todo lo malo que me pasa, es siempre debido a mí, que siempre soy yo la que tiene la culpa del comienzo de una discusión, del enfado entre "equis" persona y yo o del simple hecho de haberme olvidado de hacer algo y que luego me lo acaben reprochando.

     ¿Soy estúpida si empiezo a pensar que pareciera que lo hago a posta? ¿Que pareciese que deseo mi propia infelicidad?

     Recientemente no es que haya tenido muchos problemas graves que hayan trastocado mi vida ni mucho menos. De hecho, estoy segura de que estoy pasando por la época más feliz de mi vida, pero... cuando estás en las nubes, cuando piensas que puedes llegar a volar y abrir las alas todo lo que quisieras, es normal que de vez en cuando te choque el descubrir que en realidad todo aquello que imaginabas era solo eso, una simple ilusión, pues en la vida real ni tienes alas, ni puedes siquiera volar.

     Estoy agobiada. Siento que el estrés me invade por momentos. "¿Cómo puedes estar agobiada si a penas te mueves de casa?" me preguntan. "¿Estresada? ¿Tú? Tú no sabes lo que es el estrés" me dicen. Estoy harta de que me digan que es imposible que yo me esté sintiendo de esa manera, que se burlen de mí o que me miren de mala forma diciéndome que lo que tengo son simples tonterías. Pero sobre todo, estoy harta de tener que forzar una sonrisa, pues parece que cada vez que digo lo que realmente siento me acaben diciendo que son "tonterías" mías.

     Y ahora digo yo: ¿Y qué si son tonterías? Una persona en tal estado no necesita que le recuerden que se está agobiando por una simple nimiedad. Necesita apoyo, necesita consuelo, necesita de alguien que le preste su atención para poder liberar sus más oscuros pensamientos y quedarse tranquilo, pues es después de eso cuando realmente podrá afirmar que es una simple tontería e incluso podrá reírse de aquello.

     Me siento cansada. Cansada de ver las mismas caras una y otra vez mirándome con burla en los ojos o con desprecio. Estoy agotada de ver el mismo paisaje continuamente cada vez que salgo de casa. A penas tengo ganas de levantarme de la cama cuando abro los ojos por las mañanas, pues a penas me motiva nada de lo que hago en el día como para tener ánimo alguno. Y además, me da rabia el simple hecho de pensar que la cura de todos estos males no pueda ser permanente, que no pueda estar todo el tiempo que quisiera con quien realmente consigue sacarme una sonrisa y animarme el día.

     Sé que todo esto es temporal. Que dentro de poco ni recordaré por qué estaba tan desanimada a tal punto de dejar que las lágrimas me consumiesen en la oscuridad de la noche, cuando nada ni nadie puede escucharme ni mirarme de mala forma. Cuando puedo dejar escapar mis verdaderos sentimientos sin temer que nadie acabe juzgándome por lo que realmente pienso. Claro, es algo momentáneo, algo pasajero, pero mientras, todo pasa.

     A veces me gustaría simplemente irme lejos. Lejos de toda aquella persona que conozca, lejos de todo aquel paisaje acostumbrada de ver y lejos de toda rutina cansada de vivir. Quiero escaparme, irme lejos, sentir que a nadie más que yo le importe lo que haga donde esté, pero sobre todo, alejarme para ver mundo y descubrir con mis propios ojos lo que me he estado perdiendo hasta ahora, pues en vez de estar aquí sentada, escribiendo estas palabras, podría estar en cualquier otra parte disfrutando de un momento inolvidable.

     Aunque bueno, qué sabrá una niñata como yo, ¿no?